No se trata de tristeza.
Se trata de nostalgia, de saudade -como lo llaman los brasilero de hermosa manera-
Se trata de sentarse en la silla del computador y sentir que a partir de mañana quedan atrás 30 años de vivencias.
Se trata del barrio cedritos y la tienda de la esquina, del uniforme y los apagones en la “hora Gaviria”. De esos vecinos que a veces se me vienen a la mente, de los cuales no recuerdo sus nombres pero de los que guardo recuerdos extraños.
De la partida de mi papá y la llegada de Juan.
Se trata de La Enseñanza de la 72; del bus Germania para ir a la universidad; de las clases con Maryluz y Pacho Celis, de Camilo Amaya pateandome la maleta, de las capadas de clase.
Del cielo azul mientras esperaba acostada en una banca de la Pola –En la Candelaria- al que en ese momento era mi novio: Daniel Salazar. De la mochila, el pantalón bota campana y mi alma de hippie.
Se trata de 7 meses en Houston, 8 meses en Brighton y 4 años en Francia. Del bichito de irme lejos a descubrir culturas, de vivir y aprender en otros mundos.
Del día en que conocí Paris, Barcelona, Roma. De Praga y todo lo que ocurrió ahí. De mi cuerpo cubierto de jabón de eucalipto en un hammam de Marruecos.
De mis maletas camino a casa, del abrazo de mi mamá, de mis miedos y mis alegrías, y lo que se fue, y lo que será. Y lo que ahora se ve detrás.
Llegó la hora de crecer. Pero no se trata de tristeza, vuelvo y digo, sino de la entera satisfacción de haber vivido los mejores 30 años de mi vida. De la seguridad de seguir disfrutando, ahora con más fuerza, cada instante en el que pueda respirar.









